Pasaba, la miraba y recordaba a Calderón de la Barca:
»¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son«
Y todos los días es así. La ve a diario y asume que todo aquello en lo que, en madrugadas efímeras piensa que puede llegar a concretar, se esfuma. No hace esfuerzo a decir verdad. Se mira ensimismado y no se considera bueno y no cree cumplir "exigencias" que el presume que todas exigen.
En realidad la televisión lo tergiversa todo. Formó en él una mente escasa en raciocinio y buen juicio. Crecer entre frases como: "billetera mata galán", "eres feo", "hombres y mujeres nunca amigos", "no tienes la edad", "40 y 20", entre otras, hicieron de el un pobre diablo que apenas sabe relacionarse con los demás. Se finge fuerte y profesa su aversión al sentimentalismo porque lo han "podrido" mentalmente.
Leía esa historia de Romeo y Julieta en noches de insomnio pero acababa renegando porque en su vida no hay ninguna familia opositora, ni mucho menos lo ama una Julieta (pero ella existe). Cambio de libro: ahora lee best sellers huachafos -para animarse, motivarse-, los favoritos de la clase mediocre (media).
Concurre todos los sábados al malecón melancólico de la zona, lugar de encuentro de parejas a las que, discretamente, mira con el recelo de un decepcionado, a pesar de no haber tenido, alguna vez siquiera, una decepción amorosa más bien sino, moral y humana.
—Otra vez, no?
—Es parte de mi rutina, de veras.
—La buscaste o lo has intentado esta semana, no?
—Quiero pero me arrepiento, duermo poco y hablo mucho. Ser cursi cuesta, ¿sabes, no?
—Te entiendo. Tengo que irme a escribir para desahogarme.
—Y yo a buscar teorías de amor para odiarlo más, adiós.
Ocupaba una noche pensando cómo odiar aun más al amor, demostrar que sí nos vuelve brutos, que la idiotez es una de sus características intrínsecas, pero -inintencionadamente- se le antojo leer Rayuela: surgió en él un interés por aventurarse en eso que tanto odió, odia y odiaría. Después llegó a conocer a su Julieta y claudicó ante una de sus mejores ilusiones reprimidas y dejó atrás todos sus rencores y malas rachas. Es feliz, será feliz. Tristemente despertó y, limpiando sus legañas, fue al malecón a seguir su rutina, la misma de siempre.
»¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son«
Y todos los días es así. La ve a diario y asume que todo aquello en lo que, en madrugadas efímeras piensa que puede llegar a concretar, se esfuma. No hace esfuerzo a decir verdad. Se mira ensimismado y no se considera bueno y no cree cumplir "exigencias" que el presume que todas exigen.
En realidad la televisión lo tergiversa todo. Formó en él una mente escasa en raciocinio y buen juicio. Crecer entre frases como: "billetera mata galán", "eres feo", "hombres y mujeres nunca amigos", "no tienes la edad", "40 y 20", entre otras, hicieron de el un pobre diablo que apenas sabe relacionarse con los demás. Se finge fuerte y profesa su aversión al sentimentalismo porque lo han "podrido" mentalmente.
Leía esa historia de Romeo y Julieta en noches de insomnio pero acababa renegando porque en su vida no hay ninguna familia opositora, ni mucho menos lo ama una Julieta (pero ella existe). Cambio de libro: ahora lee best sellers huachafos -para animarse, motivarse-, los favoritos de la clase mediocre (media).
Concurre todos los sábados al malecón melancólico de la zona, lugar de encuentro de parejas a las que, discretamente, mira con el recelo de un decepcionado, a pesar de no haber tenido, alguna vez siquiera, una decepción amorosa más bien sino, moral y humana.
—Otra vez, no?
—Es parte de mi rutina, de veras.
—La buscaste o lo has intentado esta semana, no?
—Quiero pero me arrepiento, duermo poco y hablo mucho. Ser cursi cuesta, ¿sabes, no?
—Te entiendo. Tengo que irme a escribir para desahogarme.
—Y yo a buscar teorías de amor para odiarlo más, adiós.
Ocupaba una noche pensando cómo odiar aun más al amor, demostrar que sí nos vuelve brutos, que la idiotez es una de sus características intrínsecas, pero -inintencionadamente- se le antojo leer Rayuela: surgió en él un interés por aventurarse en eso que tanto odió, odia y odiaría. Después llegó a conocer a su Julieta y claudicó ante una de sus mejores ilusiones reprimidas y dejó atrás todos sus rencores y malas rachas. Es feliz, será feliz. Tristemente despertó y, limpiando sus legañas, fue al malecón a seguir su rutina, la misma de siempre.
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