Había conocido a la más preciosa, la beldad, la perfección superficial, la vida en si, trágica e inesperada. Esta es, será y fue belleza sin entender. No hubo contacto. No era yo de su interés, ni pensaba serlo hasta que sentí un suspiro. Algo me desesperaba. Miradas esporádicas, sonrisas medias, desmesuradas, cómo limitación atrevida, inexorable. No hubo acercamiento, ni tampoco habrá, seguro. Tan bizarra no era ella y yo tampoco. Cobardes de antaño somos. Esa semejanza, causante de mis insomnios, sospechas, angustias, café de madrugada. Tanta similitud, tamaña necesidad mía de alguien, de ella. Tanta necesidad de afecto, de ella, de su tristeza, de su ego. Tanta complicidad, tan imperfectos nosotros, tan cursis, tan pronto, tan bellos sus ojos. Por ahora son de otro, por tristeza mía, luego de alguien, del perfecto idiota.
Por Frank